El burdel de Europa

ImageHay que apretarse el cinturón ¿Qué tiene que ver Eurovegas o Barcelona Word con eso? ¿No quedábamos en que no había dinero? ¿No habíamos resuelto que esta crisis la pagaríamos los menos favorecidos destruyendo paulatinamente el estado de bienestar? ¿No nos estábamos apretando los cinturones hasta ponernos cinturita de avispa? Sí, es dinero privado ¿Y qué? ¿No tenemos a los políticos de “nuestro” país para decir a los especuladores que el dinero lo necesitamos para generar empleo ahora y no a diez años vista? Cada vez más, el sur, y en concreto España, se está convirtiendo en el parque temático del norte de Europa. Ya no producimos NADA porque los emprendedores, los curiosos, los inventores de ideas, se nos van a otras latitudes en busca de futuro, ante la indolencia de nuestros gobernadores que ven en eso la oportunidad de esclavizar más y más a su pueblo: una tierra sin una voz rebelde es una tierra expuesta al vasallaje, a la tiranía del poderoso que agacha a cuantos le rodean con el látigo del miedo. Ya no producimos nada, somos los monos de feria de los que controlan el mundo; hagamos cabriolas y que nos echen sus migajas y nos rescaten del abismo de lo incierto para lanzarnos al abismo de la deuda. Ven a España a hacer lo que no haces en tu país. Ven a España a romper las normas, se podrá fumar, beber y jugar sin límites. Ven a España, hay putas por doquier y muy baratas. Ven a España; como son tontos porque desprecian su educación, como son estúpidos porque aniquilan la cultura, como no se quieren porque desprecian a sus mayores, sus enfermos, sus hijos, sus intelectuales y sus discapacitados… como son tan fáciles… fácilmente serán nuestro arrabal. Nada inventan porque sus políticos se han encargado de exterminar al inquieto, nada crean porque sus gobernantes les han robado la felicidad, nada producen porque los “honestos defensores” de sus intereses les han traicionado cruelmente. Los que deberían haber hecho algo por la comunidad, lo han hecho por beneficio propio ¡Traidores!

Emperadores de un charco

ImageLes dan un charco y se creen reyes del océano. Te meten el dedo en el ojo y lloran porque les has roto la uña. Adornan con arrogancia, y con el halo del que todo lo puede, su patente mediocridad. Se sienten eternos y para sustentar tal estupidez tachan de efímeros a los que despuntan, regalan indiferencia a los que resplandecen y perdonan la vida a los que les inclinan la cabeza. Hablan y se escuchan la voz. Cuando se dirigen a ti les cuesta mirarte a los ojos, como si estos fueran una ventana abierta a sus secretos, y miran nerviosamente, a derecha y a izquierda,  por si aparece alguno de sus muchos enemigos. Sólo se mueven si les salpica la sangre y si les pides ayuda te dicen que te busques la vida y coartan su desprecio con el manido lema de la equidad “si te doy a ti tengo que darle al otro” Sonríen  mecánicamente y conocen los maravillosos efectos de una buena dosis de hipocresía justo a tiempo. Te dicen “me gusta” cuando quieren decir “no me doy por aludido” y aunque “les guste”, hacer, nunca van a hacer nada. Salen de la nada y se aposentan para vivir del cuento y de los miedos del personal y del bolsillo del que deberían defender y acaban censurando a ultranza. Si hablas te vetan, si quieres crecer te intentan empequeñecer y si hay un pan y dos bocas, la tuya y otra, se lo dan al otro que es más amigo. Van en manada y se abren camino con los ojos que miran por encima del hombro; tienen un charco y se creen emperadores del gran azul. Sólo les encorva dos cosas: la fe ciega hacia su líder al que deben pleitesía eterna por haberlos puesto donde están y la duda de si sus nuevos amigos lo son por afinidad afectiva o por el ruido del oro.

Esclavo de las palabras

Las palabras por si solas no quieren decir nada significativo. Puedes escribir “te amo” con todo el odio del mundo. Los sentimientos y las intenciones que impulsan a las palabras pronunciadas son el verdadero hilo de Ariadna para escapar del laberinto de la paradoja. Bajo la premisa del culto ciego a las palabras no nos importaría que nos odiasen a muerte mientras no lo pronunciaran o no le daríamos importancia al amor mientras no nos lo declararan a puño y letra.

Por un lado están las palabras y por otro el sentido de las mismas: no es lo mismo “estar” en duelo que “tener” un duelo; aunque, en el Oso de Chéjov ambas cosas se entremezclan. La paz escrita es más corta que la guerra; pero, si la grabo sobre el fondo blanco de un folio, con todo el amor del mundo, la palabra toma vida y se hace poderosamente interminable.
Puedo decir “eres un hijo de puta” y dependiendo de la susceptibilidad del receptor o los intereses del emisor se puede entender como un insulto o como un halago; así pues, si quieres que alguien te ame que lo selle con sus gestos y no con palabras que, pretendiendo pronunciarse como aval del sentimiento, lo hacen a uno esclavo del interés, o, pretendiendo decirse como punta de flecha del poder manipulador, acaban golpeándote como un boomerang.
Gestos y no palabras: las palabras se las lleva el viento o se borran del papel con las lágrimas, las babas o el sudor de las manos.
Gestos y no palabras: las palabras son imágenes especulares del la verdad del sentimiento; pero, no son transparentes. Las palabras se pueden medir, pues son finitas, los gestos en cambio son infinitos y definen al ser humano como un animal poderosamente pasional e impulsivo.
Uno no es esclavo de sus palabras y dueño de su silencio; al menos, Shakespeare no predica con el ejemplo a tenor de su obra dramática. Uno es esclavo de las palabras, eso sí, y dueño de sus gestos.
Y ahora finalizo este escrito: porque, tengo muchas cosas que hacer…

Doña Vela y Don Barco

La vela, hacía tiempo que había decidido abandonar al barco. Creía, la vela, no sin razón, que el barco iba a la deriva, sin rumbo claro y sin tierra en el horizonte. El navío se tambaleaba torpemente sobre las olas de un mar bravo y apenas conseguía enderezarse. Las olas lo agitaban y a cada embestida lo despedazaban con la misma facilidad que un niño trocea un juguete. No era empresa inteligente seguir a bordo del suicidio y todas las telas de la vela se confabulaban, cada minuto más, contra el barco con el que habían compartido años y aventuras y al que ya no querían pertenecer. La vela fantaseaba con pilotar su propia nave; incluso, le acosaba un sueño repetido que le hacía creer que hubo un tiempo en que navegaba sola y libre; pero, había aceptado lo poco que le satisfacía aquel montón de madera al que estaba atada; porque, cuanto menos, podía alardear de la superioridad que le confería tirar de una fragata defectuosa. La vela se sentía diferente, era diferente, y eso la mantenía muy en alto, acaparando todo el viento del mundo. Se decía a sí misma: “No soy una más, soy la vela y puedo enmendar el mástil, dirigir el timón, empujar la quilla o erizar el trinquete con la fuerza de un Titán”  El barco, a su vez, le restaba méritos al velamen y empequeñecía su valía hasta el punto de desear, a veces, su fracaso. Decidió la vela que ya bastaba de ser el motor del barco y que ya era suficiente eso de darlo todo para recibir muy poco a cambio. Se preguntaron, cada uno de los trapos que ondeaban a golpe de aire,  si ellos por sí solos podrían llegar a buen puerto; en vista de que, el barco al que pertenecían no tomaba rumbo y más parecía que tirara para atrás: como recula un caballo al borde de un precipicio “¡Qué lejos llegaríamos sin estos tarugos de madera! ¿Por qué le llaman barco al barco y no le llaman vela? ¿Por qué no nombran a las cosas por su nombre y se honra al mérito y se ponen los puntos sobre las íes?” Tanto se convenció, la vela, de lo esclava que se sentía del barco, que desgarró sus telas para separarse del palo mayor, liberó los aparejos, desanudó las jarcias y se deshizo de las vergas que la mantenían cautiva. Como se despega una pegatina de su soporte o como se desprende una cáscara de su fruto o como se desliga un botón del ojal que lo aprisiona; así, se separó la vela de su barco; así, se segregó el barco de su vela. Un fuerte viento levantó hacia las nubes, y más allá, el velamen, agitándolo con vehemencia y propulsándolo hacia el cielo con la fuerza de un cohete. En pocos segundos no quedó ni rastro de la vela que se perdió en el espacio, absorbida por el firmamento, con el barco como testigo peleando para no ser engullido por el agua. La vela pensó, mientras se desintegraba en la estratosfera: “No era el barco mi enemigo; más bien, avanzábamos juntos: era el mar que con su bravura nos hacía difícil navegar” El barco pensó, mientras sólo le quedaba medio mástil para conocer lo que era estar hundido entero: “No era la vela lo que no supe elegir; sino, el océano donde debía navegar”

Un barco sin vela es medio barco y una vela sin barco más parece una cometa.

¿Quién es el pirata en Somalia?

Nuestros soldados van camino del cuerno de África para llevar alimentos a los niños que se mueren de hambre por la sequía y, de pasada, para defender a los pesqueros españoles de los piratas somalíes. Pero… ¿Qué hacen los pesqueros españoles en el cuerno de África? ¿Es que no tenemos costas en España para pescar aquí? ¿Acaso ya no tenemos suficientes atunes como para abastecer los intereses de las empresas pesqueras? ¿Cuánto se paga a Somalia por pescar en sus aguas? ¿Si el cuerno de África tiene tantos peces; porqué, su gente se está muriendo de hambre? Si damos uno para los niños hambrientos y quitamos cinco para nuestra voracidad capitalista ¿Dónde está la ayuda humanitaria? ¿Ayuda o cortina de humo? No os perdáis el vídeo de Juan Falque… totalmente esclarecedor.

Al señor Equis

Ahí viene… alto y con gomina. Siempre sonríe, es como un mecanismo automático cuando alguien lo descubre. Los músculos de la cara se ponen en acción y hacen elevar la comisura de los labios lo suficiente como para dibujar una media luna bajo la nariz. El señor Equis controla el tinglado, mueve los hilos, manda; pero, siempre con extrema prudencia, con peones de por medio que den la cara por él. El señor Equis sabe que ganará en la medida en que ejercite los mecanismos de la división y el aislamiento. Si algo toma fuerza sólo hay que seccionarlo para que se desangre o arrinconarlo para que se aburra; pero, no lo hará él, lo harán sus peones que le deben fidelidad. Si ahora sus secuaces son algo es porque él los colocó allí y dependen de él, de su gracia, de su misericordia. Los monigotes de Equis creen ser algo y se turban ante la idea de perderlo todo si se apartan de quién abogó por ellos y por eso hacen concesiones alejadas de la justicia, la ética o la moral. El señor Equis es consciente del juego y cuando quiere finiquitar la rebelión llama a los muñecos de trapo para que le hagan el trabajo sucio. El señor Equis no necesita contrastar, ni cotejar, ni escuchar todas las versiones; como él es el gallo del gallinero sólo entiende la ley del “la razón es mía que soy quien mando” El señor Equis, alto, con gomina y sonrisa forzada, como tiene miedo, sabe que es a través del miedo como se logran rápidamente los objetivos y practica el terror con sus súbditos que permanecen atados de manos, con complejo de culpabilidad y con pánico a perder su rácana posición. Luego está el ignorante que se deja enjabonar y es tan mediano que calma sus complejos con la palmadita en la espalda del señor Equis. Entonces, más pronto que tarde, asoma el que parece el posible sustituto del señor Equis: alguien que aparenta miedo o agradecimiento; pero, que ni tiembla, ni tiene nada que devolver. Llegados a este momento se disparan las alarmas internas del señor Equis que se empieza a convulsionar. El señor Equis sabe que es el momento de mover hilos para desactivar a quien parece ser su sustituto auténtico y lo hace proponiendo a otros: más vale agasajar a marionetas doradas que a capitanes de plomo.
El señor Equis tiene un pequeño problema: la gente no lo quiere por lo que es o por lo que hace; sino, por las influencias que tiene o por lo cerca que les puede poner del inalcanzable sueño… ¿De qué sirve poderlo todo si no se puede hacer que te quieran por otra cosa que no sea tu rango? El señor Equis tiene otro problema: no puede controlar al espíritu independiente, ni al que le vio el color de los ojos, ni al que nada espera de él, ni al que conoce su debilidad ¿Cuál? el miedo… el miedo a sentirse solo… el miedo a que un día acabe la pantomima y, en la normalidad, nadie se arrime a él… quizá su perro, algún trasnochado o algún familiar.

La Ley de la selva

En la sabana, en África, ocurren sucesos que bien podrían parecerse a actos carroñeros que definen a la estirpe humana. El guepardo, de entre los artistas de la caza, es el más grande a pesar de su pequeño tamaño. Es esbelto, ágil, rápido, creativo, intuitivo… un verdadero Rey de la destreza. Las hienas, en cambio, viven a costa de animales nobles y de raza como los guepardos. Las hienas son carroñeras y sustentan su estrategia en aquello que popularizó, Juan Carlos, para que no le salpicara “el golpe” que él mismo orquestara: “¡Dádmelo hecho!” Las hienas afinan su olfato y, cuando la sangre de una herida abierta las excita, acuden raudas con su falsa sonrisa y su falsa simpatía, allí donde el guepardo realiza su faena, con el fin de afanarle el fruto del triunfo. Las hienas, de tanto sonreír, y de tan excitadas que les pone la carne, escupen unas babas que delatan su fechoría detrás de su perfecta sonrisa “Profident” a lo “don’t worry, be happy”
El guepardo, exhausto y asfixiado, resta jadeando, impotente tras las matas, mientras las hienas se dan un festín de tiernos filetes. En este cuento el guepardo puso el arte y las hienas el oportunismo.
A todo esto ¿Qué pasa con la gacela? ¿Qué ocurre con la indefensa presa? Lo mismo que ella hizo con las rojas bayas y los brotes verdes de espino… pasar a mejor vida.
Por fortuna el guepardo tiene seguidores… muchos seguidores ¿A qué se debe este apoyo popular? ¿Quizá el guepardo simbolice la capacidad de sacrificio, la generosidad y el talento? ¿Quizá sea pura coincidencia? Las hienas, en realidad, están solas o si tienen algún amigo es por el miedo que a éste le despierta el tener en contra a unas carroñeras o por el favor de tener a su lado a unas expertas en el pillaje por si las puede usar en su interés.
El guepardo, con el trabajo bien hecho, se queda con un palmo de narices mientras las hienas se sacian; pero, ¡ah! ¿Y si la carne de la gacela estuviera envenenada? ¿Y si la frágil presa tuviera piel de gacela; pero, cuerpo de alacrán? En tal caso el guepardo podría retorcerse de hambre; aunque, se habría librado de una buena indigestión.
Hay un gran reloj de arena, indicando nuestra condena, que pende sobre nuestras cabezas como una espada de Damocles. Para algunos ya no queda rastro de arena, para otros todavía resta algún grano escondido y para las hienas… empieza la cuenta atrás.

Pedro.