Otra vez El método Baco

La nave espacial brincaba entre las estrellas descubriendo, con sus cinco tentáculos, cada uno de los planetas de la galaxia – eso imaginaba el niño –
La diminuta mano de un infante recorría todas las pequeñas rocas de la playa -eso veía el adulto-

Te falta técnica –eso le dijeron a una alumna cuando quiso probar suerte en las pruebas de acceso de una escuela superior de teatro- Tenía que representar a una mujer a punto de romper con la persona que amaba; como si esos momentos de desazón pudieran prefabricarse técnicamente. Digamos que uno, en esa situación, tiene más dolor que técnica. Digamos que ante la muerte del amor no hay compostura, ni gesto controlado, ni milimétrico movimiento que haga espontáneo el dolor. Que una escuela, que enseña técnica, no te acepte por falta de técnica es una solemne estupidez; pero, este paradójico rechazo, no es, siquiera, una crítica constructiva en el proceso formativo del actor. Mejor que falte técnica a que el dolor se ausente.
Que a partir de ahora se interprete esta tesis con prudencia y sentido común ¿A quién le importa la técnica? La técnica es la careta de la emoción, un burladero mezquino que aleja al personaje de su conflicto. Todo el mundo sabe beber de un vaso, no necesita técnica ninguna para aprender a hacerlo. Todo humano tiembla, más o menos, si siente la humedad de unos labios en su piel. No sirve de mucho la técnica; la cuestión es cómo retomar ese estado de espontaneidad, propio del ser humano, sin sentir la presión de no defraudar al espectador ¿Cómo? Autorizándose.
Existe un método para el aprendizaje musical denominado Suzuki que argumenta, a grandes rasgos, que si un niño es capaz de aprender la complejidad de un idioma cuando empieza a hablar, no le sería difícil tocar un violín; como si la habilidad musical no fuera estrictamente genética. El niño es como una especie de esponja que no le tiene miedo a nada. Constantemente se está autorizando para descubrir y aprender; sin técnica, con la simple inquietud de conocer. Eso es “el método Baco” una desmitificación de los grandes dogmas teatrales, una forma de no apelar demasiado a la técnica y una regresión a un estado infantil donde ninguna voz pueda decir qué cosa es correcta y cual otra incorrecta. Cuando un bebé llora para reclamar a su madre ejerce el poder del teatro ¿Quién le enseñó esa depurada técnica? La madre cae en su trampa y le da el pecho. El bebé sabe que llorando logrará conmover a su madre para conquistar sus objetivos. Eso es teatro, eso es interpretar: quiero algo e intento conseguirlo. El bebé conoce sus potenciales y sabe al dedillo las reacciones de la madre; sabe que la tiene atrapada en su puño. Cuando aprieta la necesidad, en forma de hambre, el bebé arranca unas lágrimas y el pezón de su madre acaba en su boca ¿Qué técnica hace estirar el labio de la criatura? Una necesidad meridiana y la autorización para inventar una artimaña que le ayudará a satisfacer sus deseos. El actor se debe instruir en la confianza, en la superación de los miedos, en la autorización y debe aceptar el riesgo como una espada de Damocles a punto de golpear si no avanza con valentía.
Existen unas cuevas que recuerdan a las cavidades del averno. En alguna parte hay un precipicio de unos treinta metros de caída libre. Un hueco abismal en el suelo que da vértigo sólo de mirar; quizá, un modelo para entender “el método Baco” o guía para la actuación transparente que, desde Carro de Baco, hemos enseñado por varios puntos del mapa ¿Qué pasaría si le dijera a un alumno que se lanzara al vacío del precipicio? ¿Sería una especie de incitador al suicidio? Sé algo que tú no sabes y te lo puedo decir: ¡Lánzate! ¡Lánzate sin temor! Tu mente te traiciona, te hace ver un precipicio donde no lo hay. El miedo se ha instalado en ti y te niega el salto para que no progreses. El miedo funciona así: te congela para que no des el salto de gracia; si saltas el miedo desaparece y por esa razón, el miedo, se protege de su propia muerte generando más miedo. El miedo tiene miedo de morir ¡Salta! ¡Gana el pulso! ¡Lánzate! Y cuando saltas al vacío el precipicio desaparece. Lo que antes era un precipicio ahora es un charco cristalino de unos veinte centímetros de profundidad que vivía emulando un abismo con el reflejo del techo en su superficie. El precipicio era la forma con la que el miedo revestía un inofensivo charco ¿A eso le teníamos miedo? ¿A un charco? No hay técnica en el mundo que te enseñe a saltar al vacío. La confianza en ti, en tus compañeros, en tu director, el desarrollo de tus instintos, de tus sentidos, de tus emociones, la recuperación del niño que reclama el abrigo materno… todas esas cosas te regalarán un momento de luz, una chispa de heroísmo que te permitirá saltar al vacío. Si te encuentras con un precipicio es posible que te descoyuntes; pero… ¿Y si no es un precipicio? ¿Y si fuera un inofensivo charco cristalino de veinte centímetros de profundidad? Salta y comprueba que la mejor técnica es la de entender que la técnica no tiene por qué ser la mejor compañera de tu aventura escénica.
Carro de Baco lleva más de doce años creando con actores discapacitados intelectuales y, todos ellos, son actores con escasa técnica. Esta experiencia nos autoriza a decir bien alto: no se trata de “hacerlo bien”, se trata de “hacerlo”. No se trata de “ser perfectos” se trata de ”ser”, la perfección es menos atractiva artísticamente que la imperfección. El actor discapacitado intelectual, si tiene alas y espacio, chapotea en un cálido charco donde los otros ven precipicios. Discapacitados intelectuales de diversos tipos han pasado por la batuta de Carro de Baco y han moldeado el método Baco. Todos, tarde o temprano, encuentran su lugar y su momento. Nos entregan hasta sus entrañas y se convierten en nuestros héroes.
En efecto el método Baco es una propuesta para instruir al actor y la pregunta es justamente la que te estás haciendo ¿Es posible que un puñado de discapacitados intelectuales sean el ejemplo para ilustrar un método de interpretación de actores?

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