Doña Vela y Don Barco

La vela, hacía tiempo que había decidido abandonar al barco. Creía, la vela, no sin razón, que el barco iba a la deriva, sin rumbo claro y sin tierra en el horizonte. El navío se tambaleaba torpemente sobre las olas de un mar bravo y apenas conseguía enderezarse. Las olas lo agitaban y a cada embestida lo despedazaban con la misma facilidad que un niño trocea un juguete. No era empresa inteligente seguir a bordo del suicidio y todas las telas de la vela se confabulaban, cada minuto más, contra el barco con el que habían compartido años y aventuras y al que ya no querían pertenecer. La vela fantaseaba con pilotar su propia nave; incluso, le acosaba un sueño repetido que le hacía creer que hubo un tiempo en que navegaba sola y libre; pero, había aceptado lo poco que le satisfacía aquel montón de madera al que estaba atada; porque, cuanto menos, podía alardear de la superioridad que le confería tirar de una fragata defectuosa. La vela se sentía diferente, era diferente, y eso la mantenía muy en alto, acaparando todo el viento del mundo. Se decía a sí misma: “No soy una más, soy la vela y puedo enmendar el mástil, dirigir el timón, empujar la quilla o erizar el trinquete con la fuerza de un Titán”  El barco, a su vez, le restaba méritos al velamen y empequeñecía su valía hasta el punto de desear, a veces, su fracaso. Decidió la vela que ya bastaba de ser el motor del barco y que ya era suficiente eso de darlo todo para recibir muy poco a cambio. Se preguntaron, cada uno de los trapos que ondeaban a golpe de aire,  si ellos por sí solos podrían llegar a buen puerto; en vista de que, el barco al que pertenecían no tomaba rumbo y más parecía que tirara para atrás: como recula un caballo al borde de un precipicio “¡Qué lejos llegaríamos sin estos tarugos de madera! ¿Por qué le llaman barco al barco y no le llaman vela? ¿Por qué no nombran a las cosas por su nombre y se honra al mérito y se ponen los puntos sobre las íes?” Tanto se convenció, la vela, de lo esclava que se sentía del barco, que desgarró sus telas para separarse del palo mayor, liberó los aparejos, desanudó las jarcias y se deshizo de las vergas que la mantenían cautiva. Como se despega una pegatina de su soporte o como se desprende una cáscara de su fruto o como se desliga un botón del ojal que lo aprisiona; así, se separó la vela de su barco; así, se segregó el barco de su vela. Un fuerte viento levantó hacia las nubes, y más allá, el velamen, agitándolo con vehemencia y propulsándolo hacia el cielo con la fuerza de un cohete. En pocos segundos no quedó ni rastro de la vela que se perdió en el espacio, absorbida por el firmamento, con el barco como testigo peleando para no ser engullido por el agua. La vela pensó, mientras se desintegraba en la estratosfera: “No era el barco mi enemigo; más bien, avanzábamos juntos: era el mar que con su bravura nos hacía difícil navegar” El barco pensó, mientras sólo le quedaba medio mástil para conocer lo que era estar hundido entero: “No era la vela lo que no supe elegir; sino, el océano donde debía navegar”

Un barco sin vela es medio barco y una vela sin barco más parece una cometa.

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