A Berlanga

Hola Berlanga… siempre hola. A artistas como tú la puerta abierta y cerrada la duda.  No eres “uno de”, ni eres “difícilmente repetible”; sencillamente eres Berlanga y desde que me sumergiste en tu primer fotograma sabía que estaba ante BERLANGA. Un genio es un diez en una escala de diez peldaños; pero, a ti las escaleras de diez se te quedan cortas ¿Por qué razón entonces deberíamos otorgarte la calificación de genio? Sólo sé que algunas de tus películas han llegado a la médula, al tuétano, a las nefronas y a las trompas de Eustaquio de rubios y morenos. Si colocó a Ser o no ser entre las más grandes ¿Dónde coloco a Plácido? Si alzo a El apartamento a mi cabecera ¿Dónde pongo a El verdugo? Sólo sé que me haces amar el cine como Brecht me hace amar el teatro o como Schubert me hace adorar la música. Tienes tanta envergadura que trabajas junto a gigantes del guión, la interpretación y a otros muchos que los dan por muertos; pero, que siguen entre nosotros ¿Sabes por qué? Porque deseas compartir, conoces el poder del equipo y no es tu deseo brillar en la oscuridad como la vanidad que  pone zancos a su pequeñez o hace bajar los techos para verse a la altura o compra enanos para mirar por encima del hombro (todos conocemos a alguno de estos que se van pavoneando por ahí inflados de duda que no de méritos) Berlanga, tu no eres de esos que la cuenta corriente, o el apellido, pone una careta de insigne a una cara de miserable. Berlanga no nació, se hizo a base de trabajo, talento, motivación y un gran equipo a su alrededor. A Berlanga se le ve enorme aún mirando por microscopio.

Contra el artista mezquino, contra el que evita salir al ruedo, contra el que prefiere el aplauso al silencio, contra el que esconde su incapacidad en vanguardia, contra el miedo del conservador, me curo con estas imágenes: Pepe Isbert explicando como se utiliza el garrote vil, Luís Escobar llorando desconsolado por su colección de pelos de coño, otra vez Pepe Isbert espetando un discurso vacío en el balcón del ayuntamiento de Villar del Río, Cassen intentado pagar la letra del motocarro, el casamiento del abuelito moribundo para no fenecer con el pecado del celibato, la meada de las aldeanas sobre Landa, sacristán, Montesinos y compañía, el llamamiento por megáfono del verdugo en las cuevas del Drach… ¡buf! ¡No pararía!

Dejo una perla para la posteridad: quizá el mejor desenlace de la historia del cine español.

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