Chejonte, Baco y las sabrosas cerezas

Hay nombres propios en la historia de la dramaturgia y Chéjov es uno. Carro de Baco y los veteranos de su escuela se encuentran a pocas horas de disfrutar la maravillosa cosmovisión de la obra póstuma de Antón Pavlovich Chéjov. Nos estamos refiriendo a El jardín de Los Cerezos.

Nos encontramos impacientes por ver a Gáiev jugar con su billar imaginario, por escuchar las rechinantes botas de Epijódov, por averiguar si Lopajin y Varia serán capaces de unir sus vidas, por oler el perfume a pachulí de Yasha, por deleitarnos con los trucos de magia de Charlotta, por sentir el pulso del corazón de Ania al escuchar las proclamas idealistas de Trofímov, por advertir el fin de los días de Firs, por conmovernos con la inocencia de Duniasha… por lamentar junto a Liubov Andriéievna la pérdida de su amado jardín. Y con el fin del jardín, el fin de una época y la emergencia de los que antes vivían bajo el yugo de la aristocracia.

Chéjov, el que una vez dijera que los hambrientos sólo tienen fe en la carne o el mismo que contrajera esa enfermedad, que le acabaría matando, por su espíritu solidario con los más pobres o el mismo que defendiera que si una pistola aparecía en el primer acto en el tercero debería dispararse o el mismo que fracasara estrepitosamente en su primer gran estreno y, al tiempo, acabara siendo considerado como uno de los mejores dramaturgos de la historia. Chéjov, el precursor de una de las corrientes teatrales más fructíferas conocida como “realismo americano”, el inspirador de grandes como Tennesse Willliams o Arthur Miller, la espada de batalla del creador de la memoria emotiva Konstantin Stanislawski y el camino de retorno de los actores del método de Lee Strasberg. Chéjov, el cuentista. Chéjov, el médico. Chéjov, el hijo de un sencillo tendero y el nieto de un siervo que compró su libertad. Chéjov, el amante que vivió su ternura con Olga distanciado por esa intrusa, la tuberculosis, que le hizo escribir su amor en negro sobre blanco.

Asoman en el jardín de la imaginación un puñado de sabrosas cerezas: Jordi, Nati, Gemma, Xavi, Paqui, Aitor, Isa, Germán, Aida, Txema… afortunados vosotros por recrear este jardín de las delicias… Os envidiamos y os adoramos en tal medida que envidia y adoración van de la mano.

Pedro y Heidi

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